Ethos Democrático

Mauricio Castaño H.
mauriciojota@yahoo.es
Historiador

Por estos días la democracia escolar del país vive, para bien, sus propios afanes. Centra su atención en elegir a los Personeros Estudiantiles. Se pretende un ejercicio democrático, que aunque incipiente, puede trascender de una obediencia estúpida de las normas, a su incorporación consciente y voluntaria en las vidas cotidianas de cada quien. Se puede pasar de un cacareo abstracto, de un repetir como loros el recital de derechos de letra muerta, que todos quieren desacatar o trampear, a un desarrollo concreto de la norma dentro de un cierto ethos democrático. ¡Es un sueño posible!

Para nadie que tenga algún contacto con la retórica de la vida escolar, es un secreto que allí se libra un verdadero campo de batalla aburrido. Pareciera que la mayoría de la comunidad educativa, estuviera desorientada en el verdadero foco de la educación, cuya misión es la formación de personas de buenas prácticas y el aprestamiento para profesionales destacados. Profesorado y estudiantes centran las discusiones en la vulneración de los Derechos a la Educación y al Desarrollo de la Libre Personalidad.

Cada quién tratará de sacar ventajas amañadas en la interpretación de la norma, pese a las Sentencias de la Corte que clarifican. La casuística es variada, sea lo más común las arbitrariedades relacionadas con cobros injustificados de dineros a padres, la sanción a jóvenes que llevan el pelo largo, el piercing, tatuajes; o el personero estudiantil que cuestiona, entonces, incomoda a la Rectora, la cual con leguleyadas, lo destrona y pone a dedo a alguien de fácil manipulación. O la privación del derecho de lúdica y sano esparcimiento, por cuenta de profesores proclives al hastío.

Lo deseable para cualquier comunidad, es que los comportamientos de cada uno de sus miembros introyecten las normas sociales de manera consciente y voluntaria, sin necesidad de imposiciones, más que las de su fuero interno, que no necesite de castigos de ley para cumplir lo que es del bienestar propio y colectivo. Esa consciencia interna estaría apalancada por las costumbres y los valores morales. Es una especie de pragmatismo de la vida y la cultura, una anticipación de la norma por las sanas prácticas. Pero aquí nuestra sociedad colombiana, no nos ayuda mucho.
Los vientos de violencia y corrupción que soplan en el país, debilitan el valor democrático con el que se quiere seducir a la comunidad educativa, pues el mensaje transmitido es confuso. Los más corruptos, los violentos y poderosos, a diario son premiados con amnistías generosas, que al final se nos enrostra: delinquir sí paga. Bien pronto salen de prisión, van al disfrute de sus grandes fortunas mal habidas, mientras que el profesional estudioso y responsable, pasa toda su vida a penas bregando con la subsistencia.

Toca confiar en el valor supremo de la democracia: la Argumentación. En la fuerza suprema de los argumentos, que restablecerán los resquebrajamientos de los miembros de la comunidad, se afianzará una incorporación voluntaria y consciente de las normas y se aleja, con certeza, cualquier brote de violencia que ponga en peligro la integridad de la vida. Las buenas prácticas fluyen, transformando las costumbres cuestionables y poniendo frenos morales a valores bajos. Toda una transformación de la cultura desde el poder de uno, de uno mismo. La cadena de la trampa y el engaño a los pactos sociales, se va rompiendo. Se restituyen lealtades, incluso hacia el Estado. Debatir las posiciones contrarias, fomentar el debate público racional, contribuye a generar un efecto de bola de nieve. Como en la paideia griega, Todo Educa. Es, el Ethos Democrático.

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