La Cólera del Poder

Mauricio Castaño H.
Historiador
mauriciojota@yahoo.es

El Poder está irritado. El Presidente de Colombia entró en cólera contra un grupo de ciudadanos, que no quieren dejar podrir en la selva a los secuestrados. Vocifera enérgico, los sindica de Bloque Intelectual de las FARC. En su extensión, el poder continúa rabioso. Muchas plumas y micrófonos, lo amplifican en una supuesta amenaza guerrillera, que prepara el terreno para una toma del poder.

Y la paz, dicen, no es más que «un cuentico» para debilitar al Estado; al igual que las sanciones a militares implicados en ejecuciones extrajudiciales (más de mil civiles asesinados), que luego presentan como trofeos del negocio de la guerra, no son, reiteran una y otra vez, más que estratagemas de desprestigio del enemigo. Las vidas que se pierden no cuentan, su guerra es la continuación de la política. Recuerdo una respuesta de Stalin en la que decía que un asesinato es una tragedia, más de dos, sólo una estadística. Pareciera ser el razonamiento por el que se rigen los orientadores de la guerra. Orientación que devalúa la vida.

Es un campo de polarización, de plena paranoia, de oler enemigos en cualquier recodo, en la esquina, en tu propia vecindad, «si no estás conmigo, estás contra mí». Tales mensajes operan como en un campo de batalla, donde se cierran filas. En las calles, en los aeropuertos, los ciudadanos polarizados, lanzan insultos de grueso calibre a quienes consideran intelectuales simpatizantes de las guerrillas. Hasta los niños, hijos de ciudadanos que procuran por la paz, son blanco de estos ataques. Estos infantes, desde su temprana edad, deben familiarizarse con escoltas. Y en los foros mediáticos, es mucha la batería de odio la que se escupe, incluso hay quienes expresan su disposición a tomar las armas para combatir la amenaza enemiga. ¡Los mensajes calan!

La homogeneidad en la razón, caracteriza a este tipo de poder. La variedad en el pensamiento, les genera fastidio, intolerancia. Desconocen, o quieren desconocer, que la particularidad que tenemos los mortales humanos, es precisamente el pensar diferente; el de confrontar otros pensamientos. Somos distantes de los automatismos biológicos de otros animales, como por ejemplo, las abejas, quienes pasarán toda su vida, acorde a una predeterminación genética. Por tanto, es un imposible, cuando no una irresponsabilidad, pretender imponer una homogeneidad de pensamiento. Por fortuna, siempre habrá alguien dispuesto a confrontar, a estar en desacuerdo, incluso con quien predica tener la verdad cogida de la cola.

A los señores que detentan el poder, tendrán que comprender, así les irrite, esta condición maravillosa e inherente a nosotros los humanos, que por suerte, nos libró de la aburrición de un pensamiento homogéneo. Esa misma condición siempre estará atenta para contrarrestar esas fuerzas destructoras de los poderosos intolerantes, que pasarán su vida rechazando esta elección vital, y sus éxitos brillantes no serán más que un montón de escombros de sus ruinosas existencias.

Son cabezas inflexibles, radicales. Cabezas duras las del poder, en su tendencia a buscar certezas absolutas, que elevan a categorías de verdad, inexistentes, claro. ¡Abramos paso a la vida diversa! Cerremos el exceso de poderío, que conlleva muerte. Así el poder entre en cólera.

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