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Unidad para construir un Gobierno de amplia coalición democrática y popular |
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Jaime Caycedo El PDA está frente a la opción de jugarse en la posibilidad de encabezar la creación de un Gobierno democrático y de ser una fuerza del cambio. Las distintas vertientes del régimen expresan su temor porque no sólo representa la oposición más definida, sino que se ha ido constituyendo en la única alternativa viable al sistema tradicional y su variante uribista. Los pasos que lo conduzcan en la dirección correcta implican una decisión de gran responsabilidad y una consecuencia coherente con los postulados de su Ideario y las expectativas del movimiento popular. Arribar a tales decisiones responsables exige actuar con inteligencia y acierto en medio de una situación, cuya complejidad es necesario reconocer y asumir como reto. Esa complejidad no es reductible a soluciones del tipo de los llamados “acuerdos sobre lo fundamental”, concebidos como medio para garantizar la sobrevivencia, “un lugar bajo el sol”, como decía en otrora Alfonso López Michelsen, sino para plantearse las convergencias indispensables a los cambios sociopolíticos, de orientación económica, de paz y soberanía que reclama el país. El sistema acusa varios escenarios de agotamiento. Uno, se asiste a la quiebra del modelo económico capitalista neoliberal, en su versión narcoparamilitar mafiosa, en el contexto de la profunda crisis mundial. No es un caso transitorio ni superficial. Acarrea materiales de fondo que están poniendo en cuestión el pretendido conformismo social, el asistencialismo demagógico destinado a propiciar la reelección de Uribe y la flamante “confianza inversionista”. Dos, simultáneamente se resquebraja el régimen vinculado al más desenfrenado militarismo, la violación de los derechos humanos, sobre todo con los “falsos positivos” y ejecuciones extrajudiciales que escandalizan al mundo; que ha reducido a la nada los derechos de los trabajadores en beneficio de los grandes financieros y agroexportadores, para quienes abundan exenciones de impuestos y subsidios aberrantes. Tres, se complejiza, para el poder actualmente dominante, prolongar y agravar el perfil dictatorial, la vergonzosa sumisión a la política neocolonialista del imperialismo, al TLC y al intervencionismo militar del Plan Colombia, la sustitución de las garantías sociales por limosnas, el ambiente de corruptela del narcoparamilitarismo y de los grandes negociados, en un momento de cambios democráticos en América Latina y de avances hacia la integración continental. Es el horizonte que promete el empeño de Uribe en su reelección. Pero, aún si Uribe no va más, el régimen apunta a la eternización de la seguridad “democrática” y del modelo económico. Los posibles sucesores disputan entre sí por ver quién asume, más que los otros, el continuismo y el guerrerismo de los últimos siete años. El Polo es una confluencia de fuerzas diversas, aglutinadas en torno a un Ideario de Unidad, unos estatutos de partido y una táctica electoral. Es, inevitablemente, un componente básico de un proyecto mayor de unidad del pueblo en proceso de construcción. Una polémica paralizante Existen en la izquierda sectores pesimistas frente a las posibilidades de superar el actual estado de cosas, bajo la iniciativa y con un papel proactivo y dirigente del Polo. En algunos, ésta percepción conlleva el aliarse, en primera instancia y preferentemente, con núcleos críticos del establecimiento, sin ruptura con el eje principal de la política de clase contra los trabajadores, la represión, la polarización y el macartismo, vinculados a la guerra interior. En su lógica, piensan que cualquier propuesta independiente desde la izquierda sería inviable y terminaría haciéndole el juego a la segunda reelección de Uribe. En aras del llamado “posibilismo”, que limita las opciones de la lucha popular a lo que es alcanzable en los limitados marcos legales existentes, se subestima, en particular, los cambios en el movimiento popular y las nuevas dinámicas de la lucha social en desarrollo. Por el contrario, las acciones huelguísticas y movilizaciones como la Minga Nacional, en el segundo semestre de 2008, muestran un nivel alto de persistencia, participación, combatividad y radicalización. No han sido movimientos rutinarios. Indican el punto en que emerge un nuevo espíritu y una nueva actitud en el movimiento popular. Cegarse, desde la izquierda, ante esta realidad es una mala señal. Una segunda percepción negativa es la de quienes insisten en condicionar la unidad de las fuerzas democráticas a la condena permanente y repetitiva de la lucha armada. Sin medir el significado de las palabras reclaman la condena de lo que llaman la combinación de todas las formas de lucha, en el supuesto entendido de que tal concepto se reduce a la lucha armada, lo que es totalmente equivocado. Una cosa es considerar que la lucha armada no constituye en la actualidad una vía factible para los cambios democráticos irrenunciables y que existen otras formas más adecuadas; menos dolorosas para conseguirlos. Otra muy distinta es condenar la combinación de las formas de lucha como si se refiriera exclusivamente a la lucha armada y, además, fuese sinónimo de terrorismo, según la doctrina de la ultraderecha. La experiencia de la lucha popular colombiana ha sido, es y será mucho más compleja como para despacharse en condenas, estigmatizaciones y referencias formales frente a realidades existentes que solo pueden superarse con cambios políticos también reales. El PCC ha rechazado por principio los métodos terroristas y por igual razón se ha opuesto al secuestro y a toda forma de retención arbitraria. Es muy importante avanzar en la definición frente a lo que tiene que ser la superación de una situación realmente existente, como es el conflicto social y político armado de carácter histórico. En nuestra opinión no existe ningún sustituto razonable a la solución política con dos componentes indispensables: uno, el compromiso de reformas sociales, políticas y culturales que modifiquen las causas estructurales que originaron y siguen reproduciendo las condiciones del conflicto; dos, la inclusión de los insurgentes en los compromisos de reconstrucción, desarrollo, seguimiento, verificación y control de un proceso de paz a través del diálogo, la negociación y la creación de una nueva institucionalidad democrática con legitimación popular. Sin renunciar a una actitud crítica frente a los movimientos guerrilleros, el Polo debe propiciar su reconocimiento como interlocutores de la sociedad y el Estado, en la búsqueda de una paz democrática, que es lo contrario de la paz romana. La fuerza de la convergencia para el cambio Las elecciones de 2010 son una oportunidad concreta para actuar en función de reafirmar la alternativa democrática de cambio. Se dice que el Polo, sólo, no puede alcanzar esa meta. Pero, cómo relacionar una acertada política de alianzas sin renunciar a las propuestas claras de cambio. En tal sentido, el Polo debe priorizar la propuesta de un programa básico de cambios en el modelo económico, el tema de la paz y la reforma política, antes que a la promoción de los nombres de precandidatos (as). Hablamos de un programa básico, en el sentido tocar aspectos esenciales que pueden coadyuvar a la modificación del contenido y el rumbo del régimen actual. Tampoco es un programa “mínimo”, que no corresponde a las urgencias de represadas que no pueden ser contenidas sin provocar nuevos momentos de crisis. Cinco son los ejes de un programa básico democrático. Primero, la renuncia al modelo neoliberal y la adopción de una política económica con un importante papel del Estado en la recuperación del control social sobre los recursos energéticos, las riquezas naturales y ambientales, la concreción de reformas agraria y urbana, el fortalecimiento del empleo y el ingreso para los sectores populares, el reforzamiento de la educación pública en todos los niveles y todo el territorio del país. Este viraje implica la renuncia al TLC con Estados Unidos, el control de capitales y de cambios, la reorientación hacia una cooperación económica estratégica en el marco de la unidad e integración latinoamericana para el desarrollo de iniciativas económicas que generen riqueza, nivel cultural más alto y calidad de vida para las grandes masas populares y sectores medios. El reto esencial de éste eje es confrontar y plantear alternativas a la crisis capitalista y emprender la búsqueda de un proyecto socioeconómico diferente, centrado en los derechos de los seres humanos y de la naturaleza. Segundo, una actitud decidida a ponerle fin a la guerra interior por una vía política y pacífica, que asocie las propuestas de reformas sociales y políticas con compromisos claros y verificables, acompañamiento internacional; garantías plenas para el diálogo, la vida de los rebeldes y la integridad de la población civil. Un paso en firme serán las medidas para el intercambio humanitario. El reto de este eje es el logro de un tratado de paz justa y democrática, que se acompañe de un proceso de verdad, justicia, reparación y compromiso de no repetición para las víctimas del conflicto armado, en toda su dimensión histórica. Tal acuerdo deberá ser ratificado popularmente en un plebiscito. Tercero, una reforma política incluyente, que restablezca el derecho del pueblo a gobernar y a decidir; que permita neutralizar el control del gran capital privado sobre la administración pública; depurar el Congreso, las Fuerzas Armadas y de Policía y el Poder Ejecutivo de las mafias del narcoparamilitarismo; garantizar elecciones transparentes y libres; conformar un estatuto de la oposición. El reto de este eje es hacer realidad el imperio de las libertades y derechos democráticos, su concreción en garantías inmediatas y verificables, su extensión a todos los ciudadanos (as) sin discriminación, en todo el territorio. En todo momento deben regir el respeto por los derechos humanos y el derecho internacional humanitario. Cuarto, la posición del Polo en lo internacional no puede albergar la ambigüedad, la neutralidad ni las posturas de tercera vía. Proponemos relaciones con todos los países del mundo con base en la plena igualdad de derechos, el respeto a la soberanía, la cooperación en beneficio reciproco, el rechazo a toda forma de intervencionismo militar y la ingerencia en los asuntos internos, la terminación definitiva del Plan Colombia y la prohibición de la extradición de nacionales a los Estados Unidos. Quinto, como lo ha mostrado la experiencia latinoamericana y especialmente andina, alcanzar estas metas exige recurrir al apoyo, a la movilización y a la organización popular. Un instrumento para traducir la movilización de masas en cambios políticos implica la necesidad de una Asamblea Nacional Constituyente, de composición incluyente y representativa, con sujeción de sus conclusiones a la sanción ciudadana. El Congreso del Polo debe elaborar y presentar su programa básico como una propuesta abierta a la discusión del país y el pueblo. Estamos por una consulta para escoger el (la) candidato (a) presidencial, con plenas garantías, para todos (as) y cada uno (a) de los (as) participantes. Programa y candidatura constituyen un gesto político indisociable, inscrito en la idea de que toda búsqueda de acuerdos y de unidad debe priorizar las coincidencias y las precisiones en torno al programa. Con esto, el Polo abre la puerta al diálogo, al debate público e invita a la construcción conjunta del modelo de país democrático al que aspira. Proponemos generar escenarios de convergencia en los planos local, departamental y nacional con corrientes sociales y políticas interesadas en la discusión de los objetivos del cambio democrático. Proponemos diseñar iniciativas de convergencia y unidad de acción, dirigidas a los sectores más dinámicos del movimiento popular, en la perspectiva de construir la fuerza en la lucha por la solución y salidas democráticas de la crisis. En esto cobra sentido la propuesta de un Congreso del Pueblo, que reúna expresiones sociopolíticas, regionales, etnosociales y culturales con un claro proyecto transformador. Por un Gobierno democrático de la izquierda La propuesta del Polo es la conformación de un Gobierno para los cambios democráticos, con base en la convergencia de fuerzas en amplia coalición popular y abierto a la participación con las bases programáticas expuestas. El Polo tiene la obligación de desarrollar un enfoque y un estilo de Gobierno que gane credibilidad en la perspectiva del cambio democrático. Tiene que sortear las limitaciones del llamado Gobierno permanente del que hablaba el informe Santa Fe II(1), que es una rígida camisa de fuerza con espacio sólo para el posibilismo de la llamada “gobernabilidad”. Se ha dicho de la izquierda, en su experiencia de Gobierno, que sólo sabe ser oposición y no gobernar. Que “su error” ha consistido en querer cambiar el status quo. Que, en consecuencia, bastan medidas de asistencialismo social, dentro de los recetarios del Banco Mundial y con su financiamiento, para llenar los requisitos y las preocupaciones que definen un perfil pretendidamente “social”. El Gobierno temporal (según la misma lógica de Santa Fe II), está sometido al Gobierno permanente y constreñido por las limitaciones del orden nacional y jurídico-político para desarrollar plenamente su propuesta. Sin embargo, no puede derivarse de allí que el gobierno temporal se reduzca a ser administrador de las políticas impuestas desde el poder económico transnacional. La noción de un Gobierno democrático alternativo, es decir, en vía de cambio y ruptura con el régimen actual, requiere de unos derroteros claros de orden programático. La clave es que sus propuestas estén sintonizadas con los derechos de la gente y que actúe consecuentemente para materializarlas. Desafortunadamente el choque va a venir de las políticas dominantes para descargar el peso de la crisis en los trabajadores y medios populares. El Polo debe promover medidas alternativas para contrarrestar y tratar de revertir los efectos destructivos, creando consciencia y organización social para ir a la raíz de los problemas sin camuflajes, con propuestas viables en el corto plazo, sin pretensiones de democratizar el capitalismo, pero con visión de reformas de fondo en función de los intereses de las mayorías y de los sectores más depauperados. El reto de un Gobierno de izquierda es apoyarse en el pueblo y no en el Gobierno permanente. Pensar en estrategias para convertir el poder popular en el poder permanente en la sociedad. En ese sentido, el Polo tiene que actuar con iniciativa, sin prisa pero sin pausa, sobre todo sin temor. El punto guía es el Ideario de Unidad. El Gobierno de la izquierda no se reduce a la lucha contra la corrupción. Ayuda el ejercitar un estilo de Gobierno diferente del que se sirven la derecha y los aparatos tradicionales. Por eso es necesario que el Polo se oriente a gobernar también y principalmente con la izquierda popular, como una forma de gobernar en contacto con el pueblo. Nota al pie (1) L. Francis Bouchey - Roger W. Fontainte - David C. Jordan, editor Tte Gral. Gordon Summer, hijo, Una estrategia para América Latina en la década de 1990. Reproducción preliminar, llamado Documento Santa Fe II, dice al respecto: “Nuestro concepto del régimen comprende tanto el Gobierno temporal como el permanente. En una democracia, el Gobierno temporal es el funcionario electo. El Gobierno permanente lo constituyen las burocracias y estructuras institucionales que no cambian como resultado de las elecciones, por ejemplo, las fuerzas armadas, el poder judicial y la burocracia civil. Para que la sociedad se mantenga democrática, esta debe exigir al régimen responsabilidad”. Difundido por: Proyecto Emancipación emancipa@sinectis.com.ar - www.emancipacion.org |
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