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Don Mario, un delincuente a la medida de las instituciones |
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José Darío Castrillón Orozco Capturaron a Daniel Rendón Herrera, alias Don Mario. Ríos de tinta, y de babas, fluyen elogiando la eficacia de las autoridades. Eficacia que no impidió la consumación de los 3.000 crímenes que se le imputan, en el curso de algo más de un año, con la seguridad democrática en su fina. Que tampoco impidió que se organizara, en poco tiempo, una descomunal estructura delictiva, asentada en casi todo el territorio nacional, y, con la particularidad muy colombiana, de tener un municipio como capital, en este caso Necoclí en Antioquia. Estructura que se entrega probada y funcionando para el próximo Don. Ahora lo muestran como “capo de capos”, un Al Capone montañés, u otra versión de Pablo Escobar, cuando Pablo de Antioquia necesito algo más de una década para construir su emporio, a este le bastaron cuatro años, y tuvo un reinado de un año. Tampoco fue arrestado con la parafernalia propia de un gran jefe, sin que operaran los mentados anillos de seguridad, sin un disparo. Ni un escolta tenía. Tampoco tenía expresión de estar viviendo la intensa persecución que relata la policía, no estaba demacrado, menos desnutrido, y sólo llevaba dos días sin afeitarse. Incluso la foto de su captura, donde posan varios agentes de la Policía en coro, con alias Don Mario sentado al centro, parece la foto de un equipo de fútbol en torno de su mascota. En verdad, este señor de muchos ejércitos no tiene el perfil del líder vigoroso. Acaso lo tenga muy oculto, u oculte la identidad de otro jefe poco amigo del bullicio y del oropel farandulero que han caracterizado al paramilitarismo colombiano. Ciertos estilos de su accionar semejan un sainete, desde el nombre que le dio a su grupo, “Autodefensas Gaitanistas de Colombia”. Delirante que una agrupación de extrema derecha se arrope bajo el nombre de Gaitán. Igualmente, resuena como si fuese una escenificación del teatro del absurdo paro armado promovido por éstos, en la región de Urabá. No se conoce de otro paramilitar que haya realizado un paro armado, al estilo de los que hacen la guerrilla de las FARC. Y parte de esa teatralización fue la pasividad de la fuerza pública. En contraste con el tratamiento que reciben los paros armados de la guerrilla, allí se paralizó la zona totalmente, pero no hubo muertos, ni enfrentamientos, ni detenidos. Menos ametrallamientos y bombardeos. El de Don Mario se tornó en una forma de día cívico en la región, incluso hubo orquestas en Arboletes un día después. Don Mario, a diferencia de otros delincuentes organizados, a quienes la Policía detecta y expone ante la opinión general, se dio a conocer él mismo, con video donde se exhibía dando un comunicado y haciendo alarde de poder, como si tuviese afán de ser perseguido y capturado. Suena a chiste que este Gobierno que se jacta, en foros nacionales e internacionales, de haber acabado con el paramilitarismo, capture a un hampón que dice tener 6.000 paramilitares a su mando. También que se declare delincuente político, y, en el paroxismo del humor, solicite ser nombrado gestor de paz. Claro que tales humoradas no tendrían cabida de no ser por la lora que ha dado el Gobierno de Uribe al insistir en darle estatus de delincuentes políticos a los paramilitares, hasta llegar a agraviar la Corte Suprema de Justicia por oponerse a ello; y por otorgar el caricaturesco nombre de gestores de paz a asesinos en serie. A tales instituciones tales delincuentes. El tal Don Mario no tiene el empaque para todo lo que se le imputa, sin embargo, aún pareciendo un villano de comedia, el accionar criminal de su estructura no es una ficción. Los muertos son reales, el despojo de tierras es real, reales son los desplazados. Podría afirmarse que Don Mario existe porque existen sus víctimas. No sólo las víctimas de este precario reinado, sino también las de sus andanzas como peón del clan Castaño, en Córdoba y Urabá, de Miguel Arroyave y de los mellizos Mejía Múnera en los llanos. Sí por asesinatos ha dejado más de 3.000 familias dolientes, las cifras del desplazamiento, tan invisible que ni se cuenta, pueden multiplicarse por 100 o por 1.000. Así, la erección de los pilares de la verdad, la justicia y la reparación implica una faena colosal para el Estado colombiano. Ni forma de nombrar la garantía de no repetición, pues, la existencia misma de Don Mario afirma que lo único garantizado en Colombia es la repetición de estos actos de terror. Huelga decir que las víctimas tienen derechos. Retórica. Derechos de papel sin eficacia para quien es violentado. Ahora mismo, se evidencia un afán de presentarlo como capo del narcotráfico, minimizando o desconociendo su cariz, y su historial, paramilitar. Y antes de posibilitar las demandas de las víctimas se tiene programada su extradición. Ya el embajador de los Estado Unidos, William Brownfield, anunció esta como un hecho. No es sólo desde la óptica de las víctimas, pues éste Don Mario, el capturado, actualiza el recuerdo de otro Don Mario, el liberado Mario Uribe Escobar, así como del ex Director Seccional de Fiscalías en Antioquia, Guillermo Valencia Cossio, pues, hay testimonios que afirman que el primero hizo que sus hombres, pistola en mano, obligaran a los ciudadanos a votar por el segundo, mientras que el tercero está sindicado de integrar ese andamiaje criminal. Así que el trámite de Daniel Rendón Herrera por la justicia colombiana puede tener efectos de restauración sobre la institucionalidad democrática de este Estado. Ya se conoce la posición del Gobierno. Todo está en manos de la Corte Suprema de Justicia, impredecible en estos casos. |
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