Cristianismo y política

Gabriel Bustamante Peña
Miembro del Equipo Jurídico-Político Corporación Viva la Ciudadanía

El presente texto busca generar una reflexión respecto al papel de las iglesias cristianas en la vida política de Colombia, haciendo la advertencia que cuando hablamos de política lo hacemos en el amplio sentido de la palabra (más allá de lo electoral); esto es, la política referida a aspectos fundamentales para la vida en común y las dinámicas de poder que los rigen. Reflexión que invita a rechazar la actitud autoritaria de sectores del Gobierno que han emplazado a la iglesia católica y a otras iglesias para que se abstengan de opinar o sentar posiciones frente a temas tan sensibles como los desplazados, los falsos positivos, las masacres o la reelección; y aún más, a exigir que pare la persecución estatal contra los miembros de la iglesia que como el Padre jesuita Javier Giraldo, se la han jugado, bajo los principios cristianos, por la causa de las víctimas y de los oprimidos.

A Dios lo que es de Dios y al Cesar lo que es del Cesar

¿Por qué se equivoca el ministro Valencia Cossio cuando manda a callar a la Iglesia por entrometerse en asuntos políticos?

Primero, porque las iglesias formalmente son instituciones pero en esencia son culturas, formas de ver el mundo y actuar en el mismo, por esto su relación con la política es tan estrecha al ser esta una forma de ver la sociedad y actuar en ella en medio de la lucha por el poder. De aquí surge una dicotomía: así institucionalmente iglesias y Estado deben estar y seguir separados, cultural y políticamente las iglesias deben participar en la construcción de un modelo de Estado más justo, en paz e incluyente, por medio no de programas o activismos partidarios sino por la critica social y moral activa contra la injusticia del poder. “Al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios” afirmó Jesucristo dejando claro que el cristianismo no pretende suplantar los gobierno terrenales, pero si denunciar sus abusos y formas injustas de poder.

Segundo, las iglesias cristianas juegan y han jugado un papel trascendental en la construcción política del país, con especial énfasis de tolerancia y diversidad a partir de la Constitución de 1991; desde entonces, han sido definitivas en la construcción ideológica de la lucha por el poder, más que en la parcialidad partidaria. Es más, no entenderíamos la cultura política colombiana sin un cimiento desde la creencia cristiana, ya que su capacidad de influencia desde la ética y los valores es trascendental en el pensamiento y preferencias políticas de los colombianos por su mismo desarrollo histórico.

Y tercero, porque es por esto que en Colombia, cuando todos sabemos que la explotación del ser humano, que los miles de asesinatos aberrantes, que el despojo de millones de campesinos de sus tierras, que las muertes de miles de niños y niñas de hambre y por falta de atención médica; que la exclusión social y la miseria hacen parte de un sistema político; económico injusto y violento, la neutralidad no tiene cabida en un actor cristiano y por el contrario lo convierte en cómplice silencioso, por ir en contravía de lo que su fe y sus principios le predican.

Es más, si desde la concepción teológica cristiana la iglesia es el pueblo de Dios, ¿no atañe a las iglesias que el pueblo viva dignamente no sólo en su relación con Dios (la fe) sino también en su relación con el mundo (la política)?. ¿No les atañe a las iglesias cristianas, en un país como Colombia, atravesado por una violencia política, social y criminal estar al lado de las víctimas del conflicto armado y del sistema económico y no guardar silencio ante sus victimarios? ¿No les atañe salvar a los hombres no sólo del infierno subjetivo de la tradición religiosa sino del infierno terrenal que hoy sufren millones de colombianos?

Colombia: una patria convertida en infierno

"El infierno de los vivos no es algo que será: existe ya aquí y es el que habitamos todos los días, el que formamos estando juntos. Dos formas hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y convertirse en parte de él hasta el punto de dejar de verlo ya. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar y darle espacio."
Italo Calvino, Las Ciudades Invisibles, 1972.

Como bien lo afirman los postulados del cristianismo, el reino de Dios comienza en esta vida, por esto es un compromiso moral la lucha por establecer en Colombia un Estado y una sociedad acorde a los valores cristianos de la dignidad humana y a la defensa de los derechos humanos como principio de unidad de las iglesias cristianas, así como actuar acorde a los preceptos bíblicos tomando partido por las víctimas y los oprimidos.

En este sentido una agenda ecuménica para el cristianismo del siglo XXI en Colombia debería prioritariamente:

1. Luchar contra la creciente pobreza, miseria y hambre en el país: Según las mediciones con índices de desarrollo humano de la Organización de las Naciones Unidas, ONU, Colombia está entre los diez países más pobres del mundo. La pobreza hoy está llegando al 60% de los habitantes urbanos y al 80% de los campesinos. Y como lo denuncia la Iglesia Católica “no solo más del 50% de los colombianos vive en la pobreza, sino que el 20% se encuentra en la indigencia”, y reclamó al Estado porque “cinco millones de colombianos se van diariamente a dormir sin comer”, dato que complementa y amplia la FAO al denunciar que el crecimiento del hambre en Colombia supera el de todo el mundo en desarrollo (20 veces y media más que el incremento promedio general).

Además, con las políticas laborales (pauperización de los trabajadores), agrarias (abandono del campesinado tradicional y apoyo a los macro-proyectos agrícolas y los bio-combustibles) y tributarias (exenciones y subsidios a los ricos y más impuestos a la clase media y a los pobres)  de los últimos años, cerca de 15 millones de colombianos fueron condenados a un riesgo grave de privación de alimentos y a una desmejora en su nivel general de vida.  Esto quiere decir que los últimos años vivimos en medio de una economía y un sistema político que duplicó las fortunas de una pequeña élite de multimillonarios y transnacionales a costa no sólo de pauperizar a millones y empujarlos a la miseria, sino también de la destrucción de habitats y recursos naturales.

El papel del cristianismo en este escenario es apoyar medidas que aboguen por calmar las necesidades inmediatas de las víctimas del sistema, como los comedores comunitarios (Dad de comer al hambriento), pero también denunciar y promover un cambio estructural para salir del circulo vicioso de inequidad, hambre y violencia. De la misma forma, combatir decididamente la destrucción de nuestros ecosistemas y plantear la destrucción del medio ambiente como un atentado contra el reino de Dios.

2. Promover los derechos de las víctimas, y en especial de la población en situación de desplazamiento. “No desearás ni la mujer ni la tierra del prójimo”, si los actores armados y los grupos económicos respetaran tan sólo ese mandamiento cristiano, desaparecería el drama de cerca de cuatro millones de personas lanzadas al infierno del desplazamiento forzado en nuestro país, y de paso las violaciones y vejaciones sexuales a las que son sometidas nuestras mujeres en medio del conflicto.

Ya son muy conocidas las acciones que diversas iglesias adelantan para socorrer a la población víctima del desplazamiento forzado y denunciar a los victimarios, sin embargo, la dimensión de la tragedia y su aumento indiscriminado en los últimos años, a pesar de la tan promocionada seguridad democrática, requieren de acciones más unificadas y de posiciones más estructurales para superar esta injusta consecuencia del conflicto y del sistema económico que se beneficia tras del mismo. Ya que al lado del desplazamiento ha crecido, no por casualidad, la concentración de tierras que hace que hoy tan sólo el 0,06% de los propietarios rurales concentren el 60% del territorio catastral. Por otro lado, urge promover campañas de sensibilización, toma de conciencia y movilización contra los crímenes de lesa humanidad como las desapariciones, los falsos positivos, el secuestro, las masacres y las detenciones masivas.

3. Oposición a la corrupción política y la infiltración de los grupos armados y el narcotráfico en el Estado.

Más de setenta parlamentarios vinculados formalmente por sus vínculos con los paramilitares y los narcotraficantes, la gran mayoría pertenecientes a la coalición de Gobierno del presidente Uribe, han sido los encargados de aprobar las leyes que han regido los últimos años los destinos políticos, sociales y económicos del país. Como congresistas también han negociado el clientelismo nacional y regional para "refundar al país" y por esto han llegado a tener el poder en instituciones vitales para el desarrollo de la democracia en Colombia.

Las consecuencias de este clientelismo paramilitar son más que macabras. En el Das, la Policía secreta de Colombia, todo parece indicar que los paras tuvieron director, el hoy judicializado Jorge Noguera, y utilizaron la entidad para interceptar a miles de colombianos y asesinar a sindicalistas, académicos y demás líderes contrarios a su proyecto político; además entregaron información al narcotráfico e infiltraron regionales enteras con sus hombres. En el Incoder, entidad destinada a adelantar la reforma agraria, los paras lograron en su infiltración clientelar que tierras destinadas para los desplazados por la violencia (que ellos causaron y causan) fueran entregadas a narcotraficantes vinculados a su proyecto político, hoy el país desmemoriado ya olvidó el escándalo. La entrega de la salud a manos privadas ha sido uno de los mejores negocios para los paramilitares que corrieron a montar sus EPS para contratar con el Estado y acabar, de otras formas, con la vida de los colombianos. En algunos departamentos los desplazados salen despavoridos cuando encuentran que la entidad encargada de socorrerlos, Acción Social, está en manos de un político perteneciente a los paras o cercano a sus victimarios. Y como lo dijo Rafael García, ex jefe de informática del Das, la infiltración paramilitar en la Fiscalía es peor que la del Das.

4. La búsqueda de la verdad: En medio de todo el oscuro panorama que envuelve a Colombia, las iglesias deben exigir al Estado y a los medios de comunicación no faltar a la verdad, no mentirle al país. Todo el engranaje publicitario y el acomodamiento de las cifras oficiales sobre pobreza, desplazamiento, secuestros, desmovilizaciones y lo más grave, situaciones presentadas y aplaudidas en medio de la euforia guerrerista y que terminaron en el escándalo de los falsos positivos, merecen una condena y un rechazo radical por ser la negación absoluta del sagrado derecho a la verdad y porque representan una invisibilización pública de problemas que deberíamos afrontar como sociedad. Desenmascarar la farsa hace parte del proyecto de cambio que la sociedad colombiana necesita y ahí la actividad profética tiene una misión ineludible.

Las iglesias como defensoras de derechos humanos tienen un enorme reto ecuménico ya que, como afirma el salmo: “la justicia y la paz se besan” y ese beso en nuestro país sólo será posible si esta mediado por la acción transformadora de la palabra de Cristo hecha carne en cada uno de los que asumen con compromiso y valor el reto histórico que el país reclama.

Ponencia presentada en la Mesa Nacional CLAI Colombia, 22 de abril de 2009.

Se permite la reproducción de nuestros artículos siempre y cuando se cite la fuente.