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Los frentes de la batalla poselectoral en Irán |
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Robert Dreyfuss Con algunas muertes aisladas y crecientes protestas, aumenta la tensión en el enfrentamiento poselectoral en Irán. La contraofensiva del régimen iraní está recrudeciéndose, llegando noticias de arrestos indiscriminados de destacados opositores, razzias de milicianos en los campus universitarios y amenazas de ejecución a los manifestantes procedentes de los cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica. (Un grupo de partidarios de Ahmadineyad marcharon en Teherán el pasado martes al grito de “¡Los alborotadores deberían ser ejecutados!”) Según Reuters, una declaración de la Guardia decía lo siguiente: “Advertimos a los escasos elementos controlados por extranjeros que intentan perturbar la seguridad nacional incitando a los individuos a destruir y cometer traición de que el código penal islámico castiga con la ejecución a quienes libran una guerra contra Dios.” Los “elementos” están, por descontado, lejos de ser “escasos”, no están “controlados por extranjeros” y sus acciones han sido abrumadoramente no violentas, dignas y contenidas, en vez de intentar “destruir” y “cometer traición.” Con todo, la amenaza es clara. De Ibrahim Yazi, veterano disidente de la revolución de 1979 y líder del Movimiento por la Libertad en Irán -a quien hice una extensa entrevista en su hogar en Irán el día anterior a las elecciones amañadas- se dice que está siendo buscado por las fuerzas de seguridad iraníes, que fueron a su casa a arrestarle. No se encontraba allí, según el informe. El Washington Post informa que más de 170 opositores han sido arrestados, incluyendo altos funcionarios. La coalición anti-Ahmadineyad es diversa y profunda. Incluye a conservadores, viejos Guardianes fundadores de la República Islámica, que ven a Ahmadineyad con desprecio y recelan de la subida al poder de su camarilla de comandantes de la Guardia Revolucionaria; una creciente mayoría de clérigos iraníes y viejos ayatolás, muchos de los cuales ven al Líder, el ayatolá Alí Jamenei, como un arribista y un usurpador desde que fue ascendido al cargo hace 20 años; casi toda la clase empresarial de Irán, especialmente quienes se dedican a la alta tecnología, la aviación, el petróleo y el gas, y también la industria pesada, que culpa a Ahmadineyad de una catastrófica gestión de la economía y por las pesadas sanciones económicas; toda la clase de los reformistas iraníes, desde los clérigos más liberales como el antiguo presidente Jatamí a funcionarios más centristas como el antiguo primer ministro Musaví, el candidato presidencial; una considerable cantidad de mujeres iraníes, cuyo espíritu ha vigorizado la esposa de Musaví, con quien me reuní en Teherán y quien ha realizado una enérgica campaña a favor de su marido y los derechos de las mujeres; y, por supuesto, la elite educada de Irán, incluyendo a estudiantes, artistas, cineastas, intelectuales, escritores y músicos. El bloque pro-Ahmadineyad tiene un carácter típicamente fascista. Incluye, antes que nada, a 150.000 miembros procedentes de la Guardia Revolucionaria, la milicia paramilitar basij [1], grupos de matones no oficiales como el Hezbolá iraní (sin ninguna relación con el Hezbolá libanés), la policía y otras fuerzas de seguridad. Miembros destacados de la burocracia asociada a la seguridad nacional, a nómina de Ahmadineyad, le apoyan de manera entusiasta. Un cada vez más aislado, y de línea dura, bloque de viejos clérigos -que incluye a Jamenei, miembros del todopoderoso Consejo de Guardianes, y un grupo de clérigos ultraconsrevadores en Qom, reunidos en torno al ayatolá Mesbah-Yazdi y sus estudiantes- apoya a Ahmadineyad, aunque se presentan como clérigos de la oposición. Y, por supuesto, Ahmadineyad tiene una base de leales seguidores entre la derecha religiosa, los votantes del campo y de las pequeñas ciudades, con quien ha mostrado una generosidad mezquina e interesada bajo su mandato, así como los ultranacionalistas que encuentran atractivo su desafiante discurso antioccidental. La Guardia Revolucionaria, que ha construido una vasta red empresarial y económica en Irán, está amasando beneficios, contrabandeando mercancías prohibidas y tratando de desbancar al baqueteado sector privado iraní. Desde mi punto de vista -confirmado por un número de participantes que encontré en Teherán- es que la correlación de fuerzas tradicional ha saltado por los aires. Como parece saber todo el mundo, el presidente de Irán es una figura de escaso o ningún poder, mientras que el Líder (a menudo llamado erróneamente “Líder Supremo”) es el todopoderoso comandante en jefe y quien toma verdaderamente las decisiones. Como poco, puede decirse que este equilibrio se está inclinando hacia uno de los lados, aunque dejo para observadores más calificados de la política iraní calibrar el grado de desplazamiento. Pero es claro que Ahmadineyad y sus aliados militares y paramilitares, y los clérigos radicales que le apoyan, al menos han rodeado, si no neutralizado, a Jamenei, el Líder. Parte de la lucha que se está desarrollando ahora mismo es una lucha por la lealtad hacia el Líder. Aliados clave de Musaví son, sobre todo, Alí Akbar Hashemi-Rafsanyani, el corrupto multimillonario y muñidor que ayudó a Jamenei a tomar el poder a finales de los ochenta, han sido sacados de sus casillas por las meteduras de pata y la mala gestión de Ahmadineyad. Y si -y hablamos de un gran, gran “y si”- toda la coalición pro-Musaví que he descrito más arriba continúa desafiando el voto amañado por Ahmadineyad, si las protestas callejeras mantienen su firmeza, y si los suficientes aliados de Jamenei (como Rafsanyani, quien se reunió con Jamenei el dia anterior a las elecciones del viernes) pueden tirar de los suficientes hilos, es posible que Ahmadineyad caiga, en algo bastante parecido a una revuelta palaciega. Es algo bastante improbable, pero posible de todos modos. Y habría que ver si Ahmadineyad toleraría algo así. La primera posibilidad de que puedan invertirse las tornas del resultado electoral fue la declaración del portavoz del Consejo de Guardianes, Abbas Alí Kadjodai, de que el recuento de votos que se está realizando ahora mismo ordenado por el Consejo, ordenado por Jamenei y que se espera que dure de una semana a diez días, puede tener “como resultado la anulación de los resultados y la celebración de nuevas elecciones”, como ha informado el Washington Post. “No es algo inverosímil”, dijo Kadjodai a Mehr News, la agencia de prensa iraní con vínculos gubernamentales. Un analista ha especulado que un escenario como ése podría implicar que el Consejo descalificase suficientes votos de Ahmadineyad como para que sus resultados caigan por debajo del 50%, forzando una segunda vuelta entre Ahmadineyad y Musaví. Un acontecimiento así sería, con toda seguridad, algo casi revolucionario, y resultaría aún más embarazoso para el Líder, quien calificó los resultados del pasado viernes de “sagrados” y “bendecidos.” Es más posible que Jamenei, Ahmadineyad y sus aliados cierren filas. Recibirán las protestas con puño de hierro. Aunque las cosas se han puesto ahora feas, se tornarán rápidamente más feas aún, más violentas y con indicios de guerra civil. Treinta años atrás, la decisión del shah de Persia de no enfrentarse violentamente a los revolucionarios permitió que el movimiento anti-shah se fortaleciese lo suficiente para derrocarle. Entonces, como ahora, un número relativamente pequeño de muertes -”mártires”- fue el estallido de un ciclo tradicional chiíta de cuarenta días de manifestaciones y protestas ceremoniales en su memoria que fue aumentando en intensidad a finales de 1978. Un mes después el shah abandonaba el país. Queda por ver si la oposición mantendrá su ímpetu. Diría que los inversores apuestan por Ahmadineyad y le dan su apoyo, respaldados por la fuerza bruta. Por esa razón el presidente Obama está cubriéndose las espaldas, elogiando a los estudiantes en rebeldía y a los votantes de Musaví, pero insistiendo en que está más que dispuesto a hablar con Ahmadineyad y Jamenei. Para la frustración constante de los neocons, Obama no está empujando a América a apoyar a Musaví. Y eso es bueno. En cuanto a mí, soy parcial. Apoyo a la Revolución Verde. Pero no me llamo a engaño. Eso no significa que apoye la forma de gobierno de Irán, oscurantista y reaccionaria. Hasta donde yo sé, un gobierno dirigido por mulás es algo más propio del siglo VII. ¿Quieren los iraníes acabar con el sistema por completo? Algunos así lo quieren. A muchos iraníes les pone enfermos, y están agotados y avergonzados de un régimen dirigido por viejos sacerdotes barbudos. ¿Cuántos de los que componen la coalición de Musaví quieren poner punto y final a la constitución iraní y a la república islámica que es inseparable de ella? ¿Quieren mi opinión? Excepto por Rafsanjani y sus aliados clericales, y otros del establishment, unos cuantos. Muchos que han sido atraídos por Musaví y Rahnavard les apoyaron porque ven a los reformistas como la llave que podría abrir la puerta cerrada a un nuevo Irán, uno gobernado por políticos seculares. “Este es término que deberíamos solicitar con ansia” [2], que decía Hamlet. Por supuesto, el príncipe danés estaba hablando del suicidio. Para muchos iranís, oponerse al régimen significa justamente eso. Traducción para www.sinpermiso.info: Àngel Ferrero
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