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Las familias de la sociedad |
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Mauricio Castaño H. A decir por lo que presenciamos en la Colombia de cada día, nuestra sociedad, en su célula vital, la familia, en una y otra, los hechos nos muestran su disfuncionalidad. En cada día que comienza, en la semana que transcurre, los desfiles de asesinatos no paran, más bien aumentan. Bebés, niños, adolescentes, adultos, ancianos son asesinados a cuchillo, plomo, ahogados en un río. Y no es precisamente por las manos paramilitares o guerrilleras. La autoría corre por cuenta de la violencia doméstica, la familiar, por el ciudadano de a pie. A otros los mata el hambre, 14 por día. Pero ¿Cuál es la sociedad que tenemos? Algunos datos se nos vienen a la memoria. El 54 por ciento de los embarazos en el país del Sagrado Corazón de Jesús, no son deseados. La cuarta parte de las adolescentes ya son madres o están embarazadas. El 39 por ciento de las mujeres fueron víctimas de una agresión física, esto es, empujones, 40 por ciento; golpes con las manos, 35 por ciento; con objetos, 11 por ciento; amenazas con armas de fuego, 8 por ciento; intento de estrangulamiento o de quemarlas, 5 por ciento; hombres que muerden a sus mujeres, 3 por ciento. Y ¿Cómo se responde frente a éstas agresiones? Se responde con agresiones, el 54 por ciento de las mujeres. Otras denuncian, otras simplemente callan. Son datos del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar. Para no hablar que millones de colombianos tienen armas de fuego, amparadas por la legalidad. Y que un gran porcentaje de los asesinatos son cometidos por estas gentes y con estas armas. También sabemos que muchísimos ciudadanos y ciudadanas piensan dirimir cualquier conflicto que se les presente, por sus propias manos armadas. Y es claro, alguien que esté armado, nada bueno está pensando. Este paisaje de la geografía nacional, nos estaría dando la razón en lo que sostenemos, una familia disfuncional, y en consecuencia, como la sociedad está conformada por numerosas células familiares, decimos que la sociedad peligra en desmoronarse. Y si a ello agregamos que el propio Estado pareciera no interesarse por ella, que da más bien señas de querer liquidarla. Destina un salario (muy) mínimo, y no dos, con lo cual podría medio vivir una sola familia. Por eso, la mayoría de la población pobre vive apiñada, bajo un mismo techo varias familias, con los propios conflictos que acarrea esta excesiva proximidad. Así no hay manera de materializar ese principio científico de bondad, que es la familia la que realiza al individuo. El Estado falla al no promover condiciones materiales dignas de vida para familias. Aquí más bien el Estado está sometido a intereses privados, «los de una clase que los ha confiscado». Diluye un espíritu de Nación e instaura una hegemonía que crea desconcierto e inconformidad. Esta defensa de intereses privados arruina al propio Estado. Por ello son tan peligrosas las reelecciones, destruyen lo que puede haber de identidad de una Nación. Vendría muy a bien que los sectores sensibles y responsables, se detuvieran a pensar en como proteger este espíritu de Nación que se concretiza desde las familias que conforman la sociedad.
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