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La agresión biológica: una perversión política |
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Alberto Mendoza Aparicio M. D. “Ciencia sin conciencia no es más que la ruina del alma” El pasado 23 de abril las autoridades sanitarias mexicanas informaron “oficialmente” al mundo que en su territorio se había detectado un brote de gripa porcina. Que el Gobierno canadiense les había informado de un habitante de ese país que después de vacacionar en México presentó la sintomatología que caracteriza a la Influenza tipo A H1N1. Según las mismas autoridades mexicanas, el brote se presentó en la comunidad de la Gloria, municipio de Perote, Estado de Veracruz, en donde las granjas Carroll por un manejo inadecuado de los desechos fecales y orgánicos que producen los porcinos, y al no ser tratados adecuadamente, generaron la contaminación del agua y del aire de esa zona. Del enfermo canadiense, “primer caso confirmado”, nada se supo de él. Para esos días el Gobierno mexicano necesitaba de un Estado de excepción, de perturbación de la paz pública y de una condición manifiesta de peligro de la sociedad en general para suspender las garantías sociales e individuales y lograr que al Presidente se le otorgaran, por parte del Legislativo, facultades extraordinarias. No había un ambiente favorable para aprobar una serie de medidas o reformas en materia de seguridad pública, ya que según los analistas políticos, traían consigo serias violaciones en materia de derechos humanos. La pandemia fue la excusa perfecta. Desde el momento mismo en que se oficializó dicha situación, “la grave perturbación”, el estar la “sociedad en peligro” se estableció las condiciones para declarar el Estado de Excepción, en dónde el Presidente goza de un cúmulo de libertades que incluye hasta el hacer uso de recursos económicos sin estar obligado a rendir cuentas. Lo sucedido en México no debe causarnos extrañeza. Es sabido que con las herramientas que brinda la microbiología, la biología molecular y la ingeniería genética, los científicos pueden manipular a su antojo el código genético de las bacterias y virus llevándolos a adquirir un mayor poder patógeno y/o resistencia a los antimicrobianos. Desde mucho tiempo atrás el hombre ha empleado armas que contienen diferentes tipos de virus o bacterias capaces de causar daño a las poblaciones, debilitar economías y diezmar ejércitos. Son muchos los ejemplos históricos del uso de agentes infecto-contagiosos para provocar enfermedades en las poblaciones. A Napoleón le debilitaron sus tropas, después de invadir Rusia, con la epidemia de tifo exantemático, lo cual lo llevó a la retirada; la peste bubónica en Shangai (1.940), el cólera, la tularemia, la aspergilosis, la coccidiomicosis, la histoplasmosis. La fiebre Q, la fiebre de las montañas rocosas, la salmonelosis, el carbunco, la neumonía por legionella, el tifus epidémico, la arbovirosis, la disentería, el botulismo, la intoxicación por estafilococos, la psitacosis, las lluvias de hongos y micotoxinas provocada por EE.UU. en Indochina(1.982), la viruela negra en Colombia, Zona de Marquetalia(Plan Laso-Latín América Security Operatión- 1.994), y la Operación Mangoose agenciada por la CIA contra Cuba(1.961-1.962) para diezmar a la población de los cortadores de caña de azúcar e impactar la economía de la isla con la fiebre porcina, la conjuntivitis hemorrágica, el dengue, la roya de la caña de azúcar y el moho azul del tabaco(Hermida, Juan) son ejemplos claros de este tipo de prácticas perversas. En Colombia, el ministro de la Protección Social Diego Palacio Betancourt, lidera la cruzada nacional contra la pandemia de la influenza tipo A H1N1, declara el Estado de “desastre nacional” definiendo acciones administrativas, ordena la compra de 400 mil tratamiento de Tamiflu (medicamento utilizado en el tratamiento de dicha enfermedad), que a un costo unitario de $38.400 genera una inversión desproporcionada de $15.360.000.000. Lo anterior, es confirmado por el director de Salud Pública del Ministerio de la Protección Social, Dr. Gilberto Álvarez Uribe, al dar respuesta a un Derecho de Petición del Presidente del Colegio de Médicos de Cundinamarca y Bogotá (Observatorio del medicamento-Federación Médica Colombiana; año 19 No 20/2009, Bogotá, 11 al 17 Mayo /2009). Según algunos infectólogos los antivirales, Tamiflu y Relenza, son medianamente efectivos, el primero en la fase inicial de la enfermedad, y el segundo, más que el primero en la fase final de la misma. El Dr. Germán Velásquez, experto de la Organización Mundial de la Salud (OMS), ha llamado la atención sobre los altos niveles de resistencia del virus de la influenza A H1N1 al Tamiflu y lo no concluyente de su utilidad. Como caso curioso, en septiembre de 2003, productos Roche S.A,(fabricante del medicamento Tamiflu), informó a la Comisión Nacional de Precios de Medicamentos (CNPM) que retiraba del mercado colombiano dicho producto. El medicamento Relenza de la firma GlaxoSmithKline nunca ha sido comercializado en nuestro país. Hoy primero de junio, 40 días después de haberse “oficializado” el brote pandémico, en Colombia sólo hemos podido confirmar 20 casos de infectados sin muertos. Ya con antelación, el representante de la Organización Panamericana de la Salud en Colombia (OPS), había informado que sólo uno de cada 20 infectados por el virus hace un cuadro clínico grave. Las predicciones catastróficas sobre la enfermedad no se cumplieron, o se plantearon sobre bases falsas. Los resultados finales nos dan la razón a este respecto. En otras latitudes, donde los indicadores en salud son dignos de ejemplo, se pueden dar el lujo de invertir cantidades significativas de recursos en casos como el que nos ocupa. Pero que en un país como el nuestro, en donde la Salud Pública y la Medicina Preventiva han tenido entierro de tercera con el actual Sistema de Salud y Modelo de Aseguramiento, causa sospecha y genera suspicacia inversiones de esta envergadura. Es preocupante la ligereza administrativa del ministro Palacio al ordenar una inversión desproporcionada, soportada en una decisión emotiva o “no racional”, desmedida e ineficaz, ineficiente y no costo/efectiva. Desde aquí, hacemos un llamado a los entes de control político, de control fiscal y disciplinario para que se inicien acciones contra este Ministerio. En Colombia, cada 4.2 minutos muere un niño por desnutrición, en un día llegan a 14, al mes suman 420 y al año son 5.000 niños muertos por física hambre sin que medien recursos de tal nivel de significancia. Con dolor de patria.
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