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Historia espectáculo |
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Mauricio Castaño H. A las varias modalidades de hacer historia (escrita en minúscula), se tendría que sumársele la del espectáculo. Sucede por estos días con la celebración del bicentenario de lo que se conoce como la independencia de Colombia de la otrora Corona Española. Antes no se había visto tanto despliegue y pompa para un hito histórico, cuando más no pasaba de una insípida declaración del Gobierno nacional, en donde se obligaba que cada familia en su propia casa izara la bandera tricolor. Y en los establecimientos públicos de enseñanza básica y secundaria, los escolares eran a su vez «obligados» a asistir a conmemoraciones de eventos patrios. En suma, la historia no pasaba de ser una conmemoración obligada y aburrida, que poco significaba a la vida de las personas comunes y corrientes. En el momento presente, el Gobierno Nacional ha liderado un festejo con un halo de sentimiento patrio, muy propio de lo que se ha despertado durante estos ocho años del actual Gobierno. Un sentimiento que no va más allá de alzar una muralla que contenga el accionar guerrillero. La explicación es simple, las guerrillas colombianas durante las últimas décadas se han ganado y han servido como una especie de chivo expiatorio, a la cual se le atribuyen casi todos los males que padece este país. Muchas veces con razón, otras tantas sin ella. Para muestra un botón que ofrece un reciente estudia del DAS, en el cual atribuye el 60 porciento del manejo de la extorsión a la delincuencia común (bajo el tinglado de la mafia), mientras el 25 porciento le correspondería a las guerrillas de las FARC. Si sacáramos este tipo de celebración utilitarista por el poder de turno, y se hiciera un balance de los logros, no tanto de los triunfos de los poderes instalados o de los prohombres, sino más bien de avances en términos, si se quiere, sociales, tendríamos que los héroes quedarían reducidos a un segundo plano, y más bien, son los avances sociales, económicos y científicos los que dinamizan la propia historia, y no tienen rúbrica, queremos insistir, de un solo hombre, bien sea con traje de milicia o con investidura de político. Para desvirtuar las transformaciones políticas, esas de golpe y porrazo, que ponen fechas precisas de un antes y un después determinantes, traemos el humilde ejemplo, que una vez sentencia de libertad, los esclavos en la Nueva República, seguían llamando Amo a su Señor, cuando no era que rogaban para que NO los dejaran libres, pues la comida en su esclavitud estaba segura, mientras que en la libertad no. Las trasformaciones culturales son lentas, y no se dan por decreto. Otro ejemplo del siglo veinte, y que tiene que ver con la ganancia social, en términos de la capacidad adquisitiva, es que para 1950 el uso de los pies calzados se había extendido, antes artículo de lujo, como decir en el siglo XVIII usaban cuchara y tenedor para las comidas en una casa de familia. Es propio del Poder y de quienes lo agencian, construir historias cuyos protagonistas son los hombres a mostrar. Un obrero nunca llegará a ser un héroe del inmenso edificio que sus manos moldearon, mientras más el arquitecto que el ingeniero, si puede llegar a serlo. El Poder y la Gloria o los deseos de triunfo, están hermanados. Lo cierto es que el conjunto social empuja su propio designio, no importa que sean unos cuantos quienes ganen indulgencias con los padres nuestros ajenos. Y si de libertad se trata, de la libertad como doctrina, no tendremos más que evidenciar su fracaso. Pues la libertad económica ha venido a costa de la dignidad, igualdad o fraternidad que tanto se predica. Se constata el contrasentido mismo de la acumulación del dinero, de la concentración de la moneda en pocas manos, para luego tratar de buscar formas de cómo desembarazarse de tal riqueza. Claro que las daciones no se hacen por generosidad, sino más bien para alcanzar fama de rico dadivoso, incluso para lograr exenciones en los impuestos estatales. Esa, quizás, sería una reflexión interesante más que la historia espectáculo de los bicentenarios. |
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